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02 febrero 2008

EL MISTERIO DE HOTEPH II




En un Mercado Persa. Las notas de la popular obra de Ketélbey me acompañaron durante todo el recorrido, del aeropuerto al hotel. Las calles estaban abarrotadas de gente y los edificios altos, modernos, de una insultante igualdad para con los de las ciudades de Europa, rompían el engaño que durante años había creído que sería la capital de Egipto. Aunque, bien pensado, poco más de diecisiete millones de personas tenían que vivir en una metrópolis moderna y no en precarias construcciones de adobe y barro.
La expedición partiría el quince por la mañana, lo que nos daba tres días para explorar la ciudad. Por supuesto Jeremiah, el Doctor Jones y yo, teníamos varias responsabilidades burocráticas que atender, tanto con la Universidad de El Cairo como con el Museo de Egipto. Por suerte Ahmed ya lo había dispuesto todo conforme a nuestras necesidades y Helen contaría con un guía propio para acompañarla y guiarla a través de la ciudad. El primer día acudimos al museo, lamentablemente n pudimos disfrutar de sus obras de arte ya que podo después de entrar en el edificio, sonaba la alarma de incendios. El fuego se había originado en el sótano, en una de las múltiples salas de restauración. Según el informe del cuerpo de bomberos, había sido provocado y, en consecuencia, el Museo de Egipto permanecería cerrado una semana, mientras se llevaban a cabo las investigaciones pertinentes. Ante la insistencia de las autoridades de la embajada británica, amén de la investigación, se programó la realización de un nuevo registro de las piezas del museo. Ahmed estaba furioso. Mientras Helen y Jeremiah nos adelantaban en Khan El-Khalili, él curioseando entre los múltiples libros y ella prestando demasiada atención a la bisutería inspirada en la época faraónica, Ahmed caminaba unto a Jones y a mí, sin dejar de manifestar su desacuerdo.
-¡Ies inverosímil! No piedo creer lo que están llevando a cabo. Es cierto, ¡es todo culpa de las iúltimas colaboraciones entre el miuseo y la Iuniversidad Británica de Egipto!
Jones intentaba disimular, a duras penas, una sonrisilla condescendiente.
-Si no fuese por la BUE hoy no estaríamos aquí, ninguno de nosotros, Ahmed. Bueno, quizás usted sí.
Ahmed era un hombre nervioso. Menudo y de tez sorprendentemente clara para ser uno de los hijos del Nilo, solía pararse cada par de minutos para mirar por encima de su hombro, asegurándose de que nadie lo seguía. Pese a sus múltiples rarezas, era uno de los pocos expertos en cultura y religión del Alto Egipto, que todavía estaba dispuesto a compartir sus conocimientos con investigadores europeos.
-De acuerdo, Dr. Jones. Piero cerrar el Miuseo no le hará bien a nadie. ¿Quié es lo quie pretenden? ¿Acaso encontrar la pieza robada con la quie espieculan?
-Creí que no había sido nada más que un incendio –intervine.
Uno de esos pequeños monos con ojos de botón y chaleco de lentejuelas me miraba desde el hombro de un mercader nonagenario, ataviado con unos flojos pantalones de lino crudo, como su camisa, y un chaleco de cuero gastado marrón oscuro. Pese a las marcas del sol y la edad en su piel, su bigote, largo y poblado, conservaba el color negro que, supuse, siempre había tenido, así como sus pestañas y su cortísimo pelo ensortijado.
-¡Sieñorita! ¡Por supuesto quie ha sido un robo! Tienen suerte de quie la gran parte de los tesoros guardados en el sótano del miuseo estén todavía sin catalogar, aunquie los más importantes fueran etiquetados y protegidos durante los años noventa. Lo más priobable es que uno de los estudiantes se encariñase demasiado con un peine o una vasija y se las arreglase para sacarla del miuseo con la excusa del fuego. ¡Pero cerrarlo una siemana!
Jones había apoyado su mano izquierda en la base de mi espalda. A través de la finísima camiseta de algodón podía sentir sus cálidos dedos presionando suavemente sobre mi piel. Al girarme hacia él señaló al mercader del mono. La horrible alimaña peluda había saltado sobre un indefenso cachorro de gato, uno de esos gatitos callejeros de manchas multicolores. En la mano llevaba una especie de cordón dorado que ahora trataba de atar alrededor del cuello del minino.
-¡Es un actitud inconcievible! ¡Inadmisible! No entiendo quie puede solucionar una nueva catalogación si hay piezas quie nunca fueron catalogadas…
-Hoteph –masculló el mercader, muy cerca de mi oído.
-¿Disculpe?
-Hoteph –prosiguió- El faraón negro, el Príncipe del Valle del Nilo. En sus ojos se refleja el dolor de toda la humanidad y suya no era la misericordia, pues ese dolor sería provocado por sus propias manos.
A pesar de sus erráticas y preocupantes palabras no dejó de sonreír ni un momento mientras hablaba.
-Venga. Tengo algo para usted. Venga.
No estaba demasiado seguro sobre si debía seguirlo al interior de la tienda o no, pero Jones, Jeremiah, Ahmed y Helen parecían haber decidido pararse en uno de los pintorescos puestos de té al aire libre a apenas diez metros de mí.
-¡Martha!
-¡Ahora voy, Jeremiah! ¡Tomaré uno de esos tes a la menta!
-Venga –insistía una y otra vez- venga.
El interior de la tienda era un cajón de sastre de amuletos, mantas, alfombras, chales, cinturones de monedas, joyas de imitación y pequeños sarcófagos de madera reproducidos a imagen y semejanza de los famosos féretros de Cleopatra o Tutankhamon.
-Hoteph- continuaba mientras extraía una cajita de madera, del tamaño de una caja de zapatos, de un viejo armario cubierto por supuestos velos árabes para turistas.
-Cien dólares –dijo al ofrecérmela.
-¿Cien dólares? ¿Por algo que ni siquiera sé lo que es?
Asintió, sin perder esa estúpida sonrisa de satisfacción.
-Cien dólares.
La caja era sorprendentemente ligera. No tenía ningún tipo de cerrojo así que no tuve más que levantar la tapa para descubrir una preciosa figurita de madera, de apenas doce centímetros. Su piel era anaranjada, casi roja. Sus ropajes azules, como los míos. En sus manos sostenía una vasija en miniatura. A su espalda una breve descripción, se trataba de un siervo, un ushabti. En cualquier otro tipo de situación, una imitación como aquella, jamás hubiese despertado mi interés. Sin embargo, el tipo de escritura contenía secuencias que pertenecían a la época del reinado de Hoteph, secuencias que jamás habían sido reconocidas por la comunidad de egiptólogos pero que, sin embargo, habían sido descubiertas en emblemáticos yacimientos Arqueológicos de Irán, Inglaterra y el Noreste de los Estados Unidos.
Cerramos el trato en cuarenta y cinco dólares. Cuando salí de allí un gatito festejaba su paladar en las todavía calientes tripas de un tití con ojos de botón.


-Tengo sed- necesito tiempo, tiempo para decidir si debo contarle la historia íntegra, tal y como la recuerdo o, por el contrario, debo omitir ciertos detalles.
-Claro, Martha. Te traeré un vaso de agua.
-Gracias.

(...)

26 enero 2008

EL MISTERIO DE HOTEPH I

El Doctor Hudson me mira fijamente, sus ojos son del color del Atlántico, del gris malhumorado y frío del océano. Aunque me resulta molesto reconocerlo, es una de esas personas de edad indeterminada, entre los veinte y los cincuenta, que sólo deberían existir en los cómics o en las películas. Su tez es clara y tiene el pelo muy oscuro, lo lleva ligeramente largo, de modo que el flequillo de estilo brit no deja de caerle sobre los ojos. Me mira. Me mira fijamente y yo no puedo evitar esbozar una sonrisa.
-Martha -su voz es suave y cautelosa, su tono apenas esconde el estudiado ritmo que un buen profesional ha de emplear con sus pacientes.
-Martha -repite, mientras mis ojos no permiten que los suyos se desaten de mi mirada- ¿te gusta la música?
-Parece un aria -respondo. Mis palabras parecen satisfacerle.
-Es un aria, una de tus favoritas, ¿la reconoces?
Se muerde las uñas. Nunca las trae demasiado largas y los pellejos de carne alrededor de esas planchas quitinosas suelen estar levemente ensangrentados. Vide Cor Meum, es el nombre del aria, el tenor solista no deja de repetirlo una y otra vez a lo largo de la pieza.
-No, no la reconozco.
Los dedos de uñas mordisqueadas dejan de impulsar el bolígrafo que sostenían, obligándolo a girar en remolinos sobre la falange de su pulgar, para realizar una breve anotación en su portafolio. Hoy la carpeta es roja, no verde como cuando baraja una posible mejoría en mi estado mental, ni azul como cuando prevé que mi reacción a sus preguntas será violenta.
-¿Te gusta? Es decir... -siempre escoge este momento, tras su primera anotación, para recostarse en la silla- Aunque no la reconozcas, ¿te gusta que esté puesta?
-Hmmm...
Me recuerda a una pequeña iglesia, una iglesia de paredes blancas en el corazón de Carolina del Sur. Un encantador muchacho negro, de no más de cinco años, vestido con sucios y malolientes andrajos, está sentado en las escaleras del pequeño porche que da entrada al templo, en sus manos sostiene el esqueleto seco y vacío de un enorme sapo. Como si supiese que este recuerdo no me pertenece, clava sus enormes ojos negros en los míos y aguarda a que el silencio se haga en mi mente, consciente del ruido que podrían llegar a provocar mis propios pensamientos. Su boca, seca por el calor y la deshidratación, masca lentamente una palabra que no puedo comprender.
-No, está bien. No me molesta -respondo al fin.
-¡Fantástico entonces! -sus codos se apoyan sobre la mesa, ocultando su rostro tras una máscara de carne, creada por sus dedos entrelazados a la altura de la barbilla- ¿Cómo te encuentras hoy, Martha?
-Hoy... hoy me encuentro bien. Creo que hace un poco de frío en mi habitación, pero a pesar de todo he conseguido dormir durante gran parte de la noche.
La respuesta parece complacerle mientras se regodea en otra anotación en esa maldita carpeta roja.
-Haré que suban la calefacción de tu cuarto, no te preocupes. Entonces, ¿nada de sangre cayendo del techo esta mañana?
Sonrío, esta mañana la lluvia roja se deslizaba perezosa por el cristal de mi ventana, del color de los rubíes y de las rosas en verano.
-No, nada de sangre -sonrío- No sé qué me llevó a pensar que era realidad. Supongo que no era más que una pesadilla -sonrío de nuevo, mirando esta vez a través de la ventana. El jardín del psiquiátrico es precioso, demasiado pacífico como para formar parte del mundo real.
-Lo sé. No debes preocuparte, estamos aquí para cuidar de ti.
Esos ojos grises, esos ojos que me estudian y perseveran en analizar cada átomo de mi alma. Esos ojos grises me ponen enferma.
-Escucha, Martha. Sé que el rescate ha sido un episodio traumático, tanto para ti como para el Doctor Jones, pero los agentes
-¿Podemos cambiar de silla?- interrumpo.
-¿Disculpa?
-Tu silla. Es más cómoda que la mía. En la universidad siempre soy yo la que está del otro lado, no me gusta estar aquí. ¿Podemos cambiar?
Poco a poco mi mirada vuelve a buscar la suya, la del águila que estudia cada movimiento de su presa.
-Er... por supuesto. Como iba diciendo -continua mientras se levanta y el hilo musical de su despacho comienza a desgranar El Danubio Azul- Los agentes MacHardy y Delaine me han pedido que hable contigo de los incidentes de la expedición. Como bien sabes, todavía se desconoce el paradero de tres de tus colegas, el Doctor Jeremiah Baxter, la señorita Helen Duvois y el director general del Museo del Cairo, Ahmed Al´Malek.
Su silla es cómoda, de cuero negro suave y brillante. Ahora soy yo la que puede mirarlo por encima de mi hombro, pese a sus anotaciones y su meloso tono paternalista.
-Sería de mucha ayuda que me contases todo lo que recuerdes, cualquier cosa podría ser la pieza que falta en el rompecabezas para encontrarlos y salvar sus vidas.
Sus vidas. Lo dice como si sus vidas tuviesen algún valor. Siento ganas de vomitar. Como cuando era niña, dejo que las imperfecciones de mi cuerpo se adormezcan al son de los arpegios de la música de cámara y respiro honda y profundamente.
-Aterrizamos en el aeropuerto de El Cairo el doce de Agosto. El Doctor Baxter y su mujer, Helen, habían volado desde Los Ángeles a Londres, el Doctor Jones nos esperaba en El Cairo, junto con Ahmed. Nunca imaginé que en Egipto haría tanto frío. Nada más bajar del avión, el Doctor Jones se acercó a mí, dijo que me había reconocido de mi ponencia en la Conferencia Internacional Europea de Arqueología del 2005: La pirámide del Faraón Negro, El Misterio de Hoteph.

(...)