Mostrando entradas con la etiqueta relato (avance). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato (avance). Mostrar todas las entradas

12 febrero 2014

Se ha encontrado un grito de placer de mujer emitido ayer a las 3 de la mañana

La culpa es de Francisco Castro, que es un gran escritor, mejor maestro y estoy segura de que inmejorable persona, que en su Taller de escritura nos retó a escribir una nota que podría aparecer en la pared de un ascensor o en un portal y, una vez hecho esto, preguntarnos qué había pasado para que esa nota cobrase vida. Obviamente, esta no es mi nota, escribir la historia de tu propia nota tiene poco mérito, porque ya la conoces cuando escribes la nota, esta es la nota brillante, genial y maravillosa de otro de los alumnos del curso (un escultor). Como su "padre" es un artista creí que sería buena idea darle vida a su creación así que me bajé al portal y dejé esto...

Y aquí, por si os interesa, os dejo mi versión del "qué pasó":

   Nadie quería reclamar el grito perdido. Solo y un poco lastimero yacía inerte bajo un guante de lana, unos anteojos y una pitillera de los Sex Pistols en el fondo del cajón de objetos perdidos de la comunidad. Era cierto, yo lo había creado.
    A sabiendas de la expresa prohibición que limitaba la emisión de gemidos, suspiros y húmedos mensajes más allá de las diez de la noche en todo el edificio, las manos de mi amante, cálidas y resbaladizas, habían forzado el desastre. 
    Pese a apretar los dientes, pese a contener la respiración, pese a la razón que en mi vida todo lo puede... lo había dejado ir, lo había liberado hasta tal punto que lo sentí huír por el patio de luces y quedarse colgado de la maceta de geranios del tercero.
    Era mío, pero nadie lo sabría.

    En realidad, hay una frase más que "termina" la historia. Pero al sabio editor le gusta más sin ella. Reverencia. :D

30 octubre 2011

Nichivo



El puente se recorta sobre un cielo azulado, sin luz, cubierto de ceniza por las nubes que cubren la ciudad. Cada una de sus piedras guarda un misterio, quizá por eso dicen que son innumerables. A la hora indica, las ocho en punto, me agazapo junto a la escalera que da acceso a la pasarela y enciendo un cigarrillo. El intercambio debería ser sencillo pero, como siempre, todo sale mal.
-¡Demonio de tiempo! ¿Dónde ha comprado usted ese magnífico paraguas de temática adolescente? -anuncia, exhibiendo una sonrisa perfecta, de un blanco inmaculado.
-En un bazar chino -me apresuro a responder. No es la primera vez que hago esto así que me mantengo firme, decidida, a sabiendas de que cualquier pregunta puede ser una trampa que descubra mi plan.
-¡No puede ser! -insiste-. Parece de corte alemán, ¿está segura de haberlo comprado en un bazar chino?
-Totalmente.
No voy a perder más tiempo con los preámbulos, la experiencia me dice que tenemos que ir al grano o no habrá forma de sacarlo adelante.
-¿Nos vamos a un lugar un poco más discreto?
-Me parece una idea excelente, la verdad. ¿Qué le parece el Rouge? ¿Demasiado público, acaso? ¿Preferiría un lugar un poco más apartado?
-El Rouge es perfecto, no es demasiado ruidoso y creo que encontraremos una mesa libre. Por cierto... -atajo, dejando que mi caída de párpados suavice mi tono y mis intenciones.
-¿Sí?
-No tienes que tratarme de usted. Por esta vez te lo perdono, pero tendrás que pagar la primera ronda.
Me coloco el clavel en la solapa y giro ciento ochenta grados para dirigirme hacia la cafetería. Empieza a lloviznar, así que dejo que se arrebuje bajo mi paraguas de origen chino. No me mira demasiado, empiezo a pensar que algo va mal, que lo estoy perdiendo.
-No creí que fueses a venir. La situación en la oficina parecía insostenible.
Su silencio, mientras las suelas de nuestros zapatos lamen los húmedos adoquines de una calle peatonal, me atraviesa el pecho como una lanza. Necesito apostar algo más, necesito darle algo más de información para recibir, para entrar en el juego.
-Lo cierto es que las cosas tampoco van demasiado bien para nosotros.
Lo miro de reojo, noto como sus músculos se tensan ligeramente bajo la gabardina camel que se cierra sobre su pecho. Sea como fuere, he despertado su curiosidad.
-¿En serio? -pregunta, titubeando al hacerlo, como si temiese que mis palabras no fuesen más que una trampa, una compleja tela de araña en la que enredar sus preciados dedos.
-En serio. Los últimos movimientos hacen que las cosas vayan de mal en peor. Existe un grave problema de comunicación y, a decir verdad... -suspiro, no es más que una pausa dramática pero necesito que se interese, que me dé pie a seguir con mi historia.
-¿A decir verdad...? -Muerde el anzuelo y me abre la puerta al bar, todo en un único movimiento. Ahora me fijo en sus ojos, son de un azul intenso, inconfundible. La imagen que había recibido por parte de la agencia no le hace justicia, es muchísimo más guapo de lo que pensaba.
-A decir verdad últimamente tenemos la impresión de que no hacemos más que recopilar información que jamás llega a ser utilizada. Que son los de arriba los que nos hacen creer que tenemos cierto libre albedrío cuando, en realidad, todo está decidido de antemano.
Un estirado camarero de peinado a lo garçon nos hace pasear por el pequeño y acogedor local hasta encontrar un reservado coqueto, iluminado con una sencilla vela de olor a vainilla y un ramillete de camelias frescas. Pedimos, los dos un martini, y me muerdo la lengua antes de informar al camarero de que, el mío, lo quiero agitado, no revuelto. Cuando, por fin, se va de nuestro lado, retomamos la conversación, mirando a un lado y a otro, para cerciorarnos de estar a salvo de imprudentes oídos.
-Las cosas era muy distintas antes -continua-, cuando yo empecé en el trabajo. Entonces nos necesitaban, éramos un puente entre dos situaciones de poder. Manteníamos el control y nuestras decisiones no se cuestionaban.
-Por no hablar del sueldo -continué, acentuando mi observación con un dramático suspiro-. Pero será mejor que dejemos a un lado el pasado y nos centremos en el presente y, bueno, quizá, en el futuro -me aventuré a predecir al notar como sus ojos recorrían con marcada parsimonia la perfección de formas bajo la escasa tela de mi escote-. He traído tu libro.
Los dos martinis se posaron sobre la mesa, haciendo que callásemos de nuevo.
-Excelente.
Pronunció su respuesta con un marcado acento de Europa del este. Me gustaba escucharlo, hacía mucho tiempo que no me sentía tan cómoda en una situación así.
En cuanto vio la portada de mi edición de bolsillo de “El sastre de Panamá” se le iluminó la cara y sube que había acertado.
-¿Cómo empezaste?
-¿A qué te refieres? -contestó con el libro entre sus manos, guardándolo en el bolsillo exterior de su gabardina.
-A tu profesión, a lo que te dedicas. ¿Cómo empezaste a hacerlo? No hay una universidad específica para tu trabajo.
Sonrió, llevando la mano a la copa que, por un momento, había considerado abandonar, como había considerado abandonarme.
-No, no la hay. Cursé estudios en filología hispánica y germánica en mi país. Como ves, tengo un acento perfecto, además de otras cualidades. Llegado el momento creyeron que sería capaz de infiltrarme tanto en Alemania como en Holanda con facilidad y, ahora, teniendo en cuenta las negociaciones de nuestros respectivos superiores respecto al tema del gas natural, han vuelto a escogerme a mí.
-¿Gas natural? Creí que eras informático.
-No, no. Para nada. Por eso prefiero los formatos analógicos -con un gesto de genuina satisfacción levantó un poco el libro, mirándome de un modo pícaro y malvado al hacerlo-. ¿Sabes, Elena? Creí que esta cita sería mucho menos interesante.
Por un momento pensé en contarte la verdad. Decirle que no era quién él creía, que había encontrado sus datos en la biblioteca, en un ordenador que habían dejado de usar y había seguido las instrucciones de la agencia matrimonial para encontrarme con él junto al puente, esperando pasar un buen rato con alguien agradable, misterioso y distinto a los hombres que acostumbro conocer. Que, imbuída por el carácter romántico y aventurero de la situación y recordando que tenía que llevar un libro, eso decía tu ficha, trae un clavel rojo y el libro, había parado en una librería de viejo a comprar alguna novela policíaca y que, en esa polvorienta estantería, Le Carré me había convencido. Que era sorprendente ver como, si mis sospechas sobre ti eran ciertas, el espionaje no tenía nada que envidiar a la enseñanza secundaria. De verdad, pensé en contártelo. Pero entonces ya era demasiado tarde, ya me había prendado de tus ojos azules, de tu acento perfecto, de tus labios zaristas, de ese halo de misterio de agente de campo que podría matarme usando tan sólo sus manos y supe que, pasara lo que pasara, en ese momento y para el resto de mis días seguiría siendo tu Elena. Así me presentarías a tus padres, así contarías nuestro primer encuentro en una modesta boda a las orillas del Lena en el que yo, muerta de frío, no dudaba en decirte el sí quiero, acariciando con marcada culpabilidad la cicatriz de bala sobre tu hombro derecho, de una Elena que no supo encontrarte cuando yo lo hice, como yo lo hice, interpretando el beso que me regalabas sobre esa mesa del café Rouge como una afrenta hacia mi país, un incidente diplomático internacional.
Todavía hoy, cuando lo recuerdas, me miras con cierto asombro, casi religioso, moviendo la cabeza en una negación pausada y melancólica que siempre, siempre, me arranca una pequeña sonrisa mientras te escucho decir:
-Sabías todas las respuestas. Todas las respuestas.
-¿Cómo no iba a saberlas si siempre habláis de lo mismo, si siempre os protegéis con los mismos telones de acero que no significan nada?
-Nichivo -repites, dándome la razón como a los niños o a los locos-. Nada.




09 junio 2009

Pescador de hombres II

Lo habíamos intentado todo. Al principio creíamos que era una cuestión estadística, al fin y al cabo hay parejas a las que les cuesta concebir. Cuando llevábamos once meses intentando que Diana se quedase embarazada sin éxito alguno, uno de nuestros amigos nos recomendó pedir una cita en una de estas, tan famosas, clínicas de asistencia médica a la fertilidad de la pareja. El dinero no era el problema, no es que nadásemos en la abundancia pero cinco años de monótono matrimonio y sin hijos hacían que dispusiéramos de una suculenta cantidad de vil metal para invertir en la creación de nuestro primogénito.
Durante casi un años nos sometimos a análisis de todo tipo, a preguntas de toda índole y seguimientos de todas duraciones. Nada. Nada parecía funcionar, nada parecía ir mal pero todo parecía resquebrajarse para convertir nuestra sólida vida acomodada en un sórdido paraje de ruinas carcomidas por la amargura.
Ella insistía en que continuásemos. A los dos años de inyecciones, hormonas y falsas esperanzas nuestra cuenta bancaria no era la única que empezaba a engendrar un intenso, constante y burlón vacío. Creí que el día en el que la había obligado a escoger entre seguir viviendo en un engaño o salvar nuestro matrimonio había sido el peor día de mi vida. En aquel momento no conseguía imaginarme lo equivocado que estaba, ni lo que todavía habría de venir. Lo recuerdo con total claridad. Ella salía de la ducha, yo la esperaba sentando en la cama. Se deshacía en lágrimas. Mientras la miraba podía imaginar el dolor de su llanto en el abdomen, desgarrando sus intestinos, recordándole una vez más la soledad de su vientre. También recuerdo sus palabras, el odio, el desprecio, la ira. Palabras que jamás reproduciré. Así como el amanecer de un nuevo día despuntando tras el horizonte, trayendo con su luz la cordura a la mujer que nunca había dejado de amar. Sus labios, secos y salados, ajados por la erosión de sus lágrimas, esbozaban con dolor infinito una sonrisa de amarga aceptación.
-Está bien –dijo por fin su voz, no la voz de la locura que había cabalgado su mente durante los últimos meses, los últimos años.
-Está bien, lo dejaremos. Todavía tenemos muchos años por vivir, es mejor que intentemos vivirlos lo mejor que podamos.
La besé. La besé con una pasión que creía olvidada tiempo atrás, con un deseo que se me hacía extraño. La besé con la furia de mil sátiros, con el temor de un adolescente, con la alegría con la que había buscado sus labios en nuestra noche de bodas. Fue nuestro mejor beso, nuestro mejor momento.

Poco a poco todo parecía volver a su cauce. Diana sonreía de nuevo, tenía sueños e ilusiones, incluso volvíamos a hablar y hacer planes juntos. En una de nuestras renovadas tradiciones de cenar con los amigos conocimos a Auria. Auria había comenzado a una relación con Javier, uno de los mejores amigos de la infancia de Diana. Era restauradora, estaban en la ciudad con un proyecto del estado, de recuperación de tallas de tradición pagana disimulados con atributos católicos en las capillas, iglesias y catedrales del país. Su trabajo actual la había llevado a Galicia, a un pequeño pueblo costero en la ría de Vigo. Javier y ella irían a visitarlo en verano. Casi inmediatamente, mi mujer, decidió que quería ir. No dudé de sus razones, quizá fuese un error de hombre enamorado que quiso ver su capricho como un signo de su recuperación.
Si tuve alguna duda, mis temores se disiparon al llegar al pueblo en cuestión. Lejos de encontrarme con el reducto bárbaro y de casa de piedra sin las más básicas comodidades que esperaba encontrarme, nos vimos alojados en una agradable pensión familiar. El caserón databa del siglo XVIII. Al parecer había pertenecido a un rico lugareño que había amasado una considerable fortuna como comerciante pero que, lamentablemente, jamás consintió en tener hijos, cediendo todas sus posesiones a sus sobrinos, parientes muy lejanos de los actuales dueños de la fonda. Auria y Javier habían escogido una enorme habitación-apartamento en la planta bajo donde, como nos había explicado Noelia, antaño vivían las bestias de la casa. Lejos quedaban esos tiempos ahora que la exquisita decoración de los establos los asemejaba más a un apartamento de lujo que al lugar de reposo de vacas y caballos. Diana y yo preferimos la habitación del torreón. Se trataba de una comodísima estancia con una cama doble, un sofá y una inmensa terraza desde la que se podía disfrutar de una vista privilegiada de la playa y el Atlántico, salvaje, frío y desafiante.
Los primeros días no fueron más que un sueño hecho realidad. Días de sol y playa, tardes de deliciosa comida y charlas intrascendentes y noches de húmeda pasión. No fue hasta pasada una semana cuando las cosas comenzaron a torcerse. Diana estaba desayunando en el rústico comedor del Pazo de Naceira, el tiempo había empeorado y ella no dejaba de mirar hacia el océano abierto a sus pies. Sus ojos parecían tristes, cuando le pedí que se uniese a Áurea, Javier y a mí en un paseo hasta la parroquia colindante se negó, diciendo que no se encontraba demasiado bien y que prefería pasar el día con Noelia, ya que se había ofrecido a enseñarle a ganchillar esa puntilla tan bonita que adornaba las cortinas de lino de la habitación.
Dejándola absorta en la labor, mis amigos y yo partimos hacia la capilla de San Pedro da Cova .Pese a que el tiempo había empeorado, la bajada de temperaturas nos beneficiaba en nuestra empresa. La capilla se encontraba a unos ocho kilómetros de la villa, la mayoría recorridos en un tramo de terreno llano y poco accidentado, con unas vistas de la ría absolutamente sobrecogedoras. El único accidente geográfico digno de mención era una pequeña colina, creo que de forma casi perfectamente circular, de una extensión aproximada de dos kilómetros cuadrados a la que los lugareños llamaban O Castro y cuya simetría y perfección hacía pensar que habían sido las manos del hombre y no las intenciones de la naturaleza las que la habían creado.
San Pedro da Cova resultó ser una construcción mucho más espectacular de lo que había imaginado. Si la colina parecía haber sido creada por el hombre, este lugar parecía haber sido creado por el mar. Excavado en roca viva, la nave central era un enorme túnel al que la luz llegaba a través de cientos de fisuras en los laterales de la estancia. A cada lado dos enormes ventanales habían sido cincelados con la mayor de las maestrías, exhibiendo delicadas vidrieras que, en tonos azules, representaban varias escenas del Pescador de Hombres, siempre rodeado de una cohorte de fieles, a sus pies. La representación religiosa no era muy distinta a las que había estudiado con mi mirada, en tantas ocasiones, durante las interminables liturgias a las que mi madre, en el seno de mi infancia, insistía en que asistiese. Sin embargo había algo distinto, algo diferente a las que yo recordaba. No fue hasta pasados unos meses, una vez de vuelta en Madrid, cuando finalmente me percaté de la rareza de las representaciones pero hablar de eso, en este punto de mi historia, no haría más que entorpecer la narración de los acontecimientos. Amén de las vidrieras, las nave principal estaba rodeada, casi guardada, por dos series de seis hornacinas de piedra caliza, en las que reposaban imágenes de excepcional belleza y sencillez. Al Norte vírgenes de amplias caderas y pechos generosos, al Sur ángeles de aguerrida postura, armados con tridentes, redes y arpones. El retablo, montado como una sólida pared de piedra tallada, daba la impresión de estar sumido en las más oscuras sombras, pese a la inusual luminosidad del templo. Contaba con una figura central, un Cristo envuelto en una especie de toga que tiempo atrás podría haber sido policromado. A su derecha, en un delicado repecho de mármol, una imagen de Santa Bárbara, a su izquierda la Virgen del Carmen. Sobre ellos una estructura de triple arco ojival enmarcaba un precioso friso en el que criaturas marinas se alternaban con las más bellas manifestaciones de la flora local. Algunos restos de pintura todavía se dejaban ver sobre la piedra, en una mano, en una hoja, en el pelo del Rey de los Judíos, esculpido con un detalle y una delicadeza y precisión indescriptible…
-Impresiona, ¿verdad?
La pregunta de Áurea me hizo dar un respingo, no sólo la construcción era maravillosa sino también su acústica. La voz de la menuda restauradora sonaba amplificada, profunda y majestuosa.
-Sí, ¿de qué siglo es?
Mi voz, sin embargo, parecía ensordecerse en el interior de la nave.
Mientras Javier se afanaba en conseguir las mejores fotografías de la capilla y las imágenes, Áurea me contaba la historia del lugar. La capilla de San Pedro da Cova había fascinado a eruditos y parapsicólogos a lo largo de los años. Resultaba casi imposible saber, a ciencia cierta, el año, o incluso el siglo, al que se remontaba su construcción. Las escasas misiones arqueológicas que se había autorizado había encontrado restos de animal que se remontaban al siglo II antes de Cristo y figuras de barro encaramadas en lo más alto de la cueva de composición similar a la del terreno que configuraba la pequeña colina que acabábamos de cruzar, así como representaciones de animales poco comunes en la zona, como cocodrilos, realizadas en arcillas de composición similar a aquellas mentadas en los apócrifos que relataban la huída a Egipto del Rey de Reyes. El estilo de las tallas del retablo podía catalogarse como gótico tardío, aunque el friso era todo un misterio artístico, quizá neoclásico, asunciones imposibles ya que se trataba de una única pieza de piedra. Situado sobre el nivel de marea alta, tan sólo se cubría de agua en la noche de los solsticios, una curiosidad que los estudiosos del paganismo gustaban de ver como una clara muestra del carácter no cristiano de la construcción.

Áurea y Javier continuaron con sus notas y fotografías durante el resto del día. Yo, un tanto aburrido de la tríada de piedra, decidí volver al hotel a media tarde. El sol estaba ya bastante bajo y a lo lejos se veía como unos cuantos valientes se habían aventurado a bajar a la playa. En O Castro un grupo de cinco muchachos jugaban al fútbol bajo la atenta mirada de una mujer rubia, vestida de blanco. El más alto de ellos regateaba con el balón, dirigiéndose implacable a una portería improvisada que parecía guardar el benjamín del grupo. El gol no se hizo de esperar, vitoreado por la mayoría de los compañeros. No pude menos que sonreír al pequeñazo, triste y malhumorado por su error. Él me devolvió la mirada, sorprendido, como si hubiese visto a un fantasma. Tenía los ojos más azules que había visto en mi vida.
-¡Un home! –exclamó, señalándome sin pudor alguno.
-¡Pedro! –le reprendió la mujer de blanco. Al momento el pequeño corrigió su conducta, volviendo a fijar su atención en el balón. Ella me lanzó una mirada fría y autoritaria, era una mujer hermosa pero despertaba en mí una incomodidad a la que no estaba acostumbrado. Sin querer molestarla más decidí despedirme de ella con una inclinación de cabeza y seguí mi camino.

Esa noche me desperté sobresaltado. Mi mujer yacía a mi lado y la puerta a la terraza estaba abierta. El olor a sal infectaba toda la habitación, así como el suave murmullo de las olas, que antes se me antojaba reconfortante y ahora me parecía empalagoso y amenazador. Confuso por el calor y el repentino despertar de mis pesadillas, me encaminé a la terraza. La imagen de mi mujer, bañada en la luz de la luna y acariciada por la brisa marina me repugnó. Fue una reacción física, no podría explicarlo. Había algo en su forma de moverse, en su forma de mirar. Algo que ya no era suyo, algo que ya no era ella. Desvelado decidí salir a despejarme un poco, ante las protestas de Diana que insistía en que me quedase a su lado.
Áurea estaba en el salón, con las ventanas abiertas y el mosquitero encendido, todavía con sus vaqueros y su camiseta negra de intrépida arqueóloga.
-¿No puedes dormir?
El portátil la iluminaba con tonos azulados, mortecinos, reconfortantemente artificiales.
-No –contesté sentándome a su lado. Creo que no estoy hecho para vivir lejos de la gran ciudad. Echo de menos los atascos, las colas para el cajero y el bullicio de los sábados por la noche.
-Al menos, en el campo, tienen Internet.
Su profunda reflexión me hizo reír, poco a poco sentía como la tensión abandonaba mi cuerpo, al tiempo que ella continuaba tecleando.
-Es la capilla –continuó- La primera vez que la visité yo tampoco pude dormir, ¿sabes?
-Lo cierto es que es bastante impresionante.
-No sólo eso, como ya te imaginarás la envuelve una especie de leyenda negra. Hace años que no se celebra la liturgia en ella, desde los albores del franquismo por lo menos –su sonrisa perfecta se ensanchaba cuando hablaba de leyendas y habladurías, como si verdaderamente quisiese creérselas- En la actualidad tan sólo la emplean para bodas o para los funerales de los marineros que pierden la vida en alta mar –sus palabras eran como un bálsamo para mí, una lejana canción de cuna que me protegía del horror y las náuseas que momentos antes azotaban mi cuerpo.
-¿Sí? Bueno, pareces muy versada en la cultura popular del lugar. Deja que te sirva una copa, ¿Bourbon?
-Ginebra, gracias –respondió entre carcajadas.
-De acuerdo, pero creo que la ginebra es asquerosa. ¿Qué más historias para no dormir conoces?
Áurea no carecía de atractivo, me gustaba escucharla hablar. El alcohol hizo que le restase importancia a los mitos y leyendas que poco a poco me relataba, relegándolos a un segundo plano totalmente carente de mención. Sin embargo, un pequeño detalle en su discurso hizo que mi consciencia tomase las riendas de nuevo, alertada por la mención de mi esposa.
-¿Cómo dices?
-Diana fue la que me lo contó. Me dijo que había barajado la Capilla de San Pedro da Cova para vuestra boda pero que había cedido ante la presión de tu madre, que ella prefería que os casaseis en la ciudad.
Quizá la expresión de mi rostro reflejase mi sorpresa y disgusto ante aquella información, porque enseguida Áurea se levantaba dispuesta a ponerme otra copa.
-Te has quedado muy pálido de repente. De todos modos, ¿a dónde ha ido Diana? Parece que nadie en este hostal es capaz de dormir esta noche.
-¿Diana? Diana no ha ido a ninguna parte. Está durmiendo en nuestra habitación.
-No, no puede ser. Sólo hay una puerta de entrada y Diana bajó poco antes de que tú lo hicieras, tenía hambre y cogió una manzana de la cocina. Dijo que no podía dormir y que necesitaba tomar un poco el aire. Estoy segura de haberla visto salir, en serio.
-¡Te digo que mi mujer está durmiendo en nuestra cama! –No quería gritarle pero sus insinuaciones de magia, doble ubicación y sucesos extraños estaban dejando de ser una divertida anécdota para convertirse en una molesta superchería. Mi reacción provocó que diese un respingo. Antes de responderme respiró hondo, tratando de sonar calmada y conciliadora.
-Está bien, vayamos a tu habitación entonces, para comprobar que estoy equivocada.

Diana no estaba allí, las sábanas estaban revueltas y la puerta a la terraza permanecía abierta.
-No lo entiendo –susurré confuso y derrotado, la mano pesada y comprensiva de Áurea reposaba sobre mi hombro.
-Tus sueños te han jugado una mala pasada.
Me hubiera gustado creerla.

A la mañana siguiente un intenso olor a putrefacción y sal me agitaba las tripas trayéndome al mundo de la vigilia con una brusquedad innecesaria y desagradable. Mi esposa yacía a mi lado. Su cuerpo desnudo estaba cubierto de algas secas de un putrefacto color turquesa. Sus senos, sus caderas y su cuello brillaban blancos por los restos de salitre. El olor a mar era intenso, húmedo y oscuro, si oscura puede llegar a ser una esencia. Su cuerpo, antaño perfecto, había cambiado. No era tan sólo el tamaño de sus pechos o la sombra de sus pezones, sino su vientre, hinchado en una suave curva que recordaba a una mujer en estado de gestación, probablemente en su tercer mes. Era imposible y, sin embargo, real. Permanecí observándola durante horas, mientras dormía, esperando a despertar de nuevo de esta pesadilla, sin querer aceptar que lamentablemente no había nada de lo que despertar.
Abandonamos el hotel al día siguiente. Durante todo el trayecto no podía dejar de mirar el vientre abultado de Diana y sus manos apoyadas sobre él, de un modo cariñoso y protector. Esperaba no estar en lo cierto pero seis meses después, Diana daba a luz a un pequeño niño, demasiado grande y desarrollado para ser seismesino, en la clínica de Santa María Auxiliadora. Ella escogió el nombre. Juan.
Seis meses dan para mucho, para más de lo que os podéis imaginar. Seis meses hacen que el tupido velo tejido por el bourbon se disipe y recuerde una de las leyendas que Áurea me contó aquella fatídica noche. La leyenda de la novena, una historia que me hizo reír de buena gana incluso la primera vez que la escuché, cuando mi esposa, desesperada por la ineficacia de los métodos científicos, decidía recurrir a charlatanes y curanderos. La historia en la que bastaba un baño en una de las playas de un pueblo del norte, en un pueblo mágico y peculiar, para restablecer las propiedades fértiles de la mujer. Un baño nocturno de nueve olas, bajo la luz de la luna llena, y la mujer amanecería encinta. ¡Irónico que la sabiduría popular no mencionase nada acerca del padre de la criatura! Del hombre, padre putativo, que tendrá que alimentar a un engendro de ojos profundos, de un azul férreo e imposible.
Mis investigaciones, antes casuales y ahora la única cuerda que me mantiene aferrado a la realidad, como una obsesión que permite que mi corazón siga latiendo, me llevan a reparar en la intrigante falta de hombres maduros del lugar, en la reacción del pequeño Pedro al descubrirme paseando en O Castro. Nos creemos protegidos en nuestra sociedad de ciencia y progreso y no hacemos más que vendarnos los ojos con falsas seguridades que nos dejan expuestos, empujándonos hacia las inclementes garras del demonio. En mis momentos de soledad, paseando con el hijo de mi mujer por las avenidas del Retiro, me pregunto si aquellos muchachos, los hijos del mar, serían vástagos como la criatura que empujo con mis manos y no huérfanos de pescadores entregados al más caprichoso y mortal de los patrones.
Lo más extraño ha pasado todavía hoy. Mientras deambulábamos a la sombra de los almendros un indigente se me ha echado encima. Su piel estaba muy pálida y su aliento, lejos de apestar a alcohol, hedía a mar. Bajo la gastada gabardina marrón oscura llevaba un pijama verde de hospital. Antes de que la policía me lo sacase de encima me susurró que tuviese cuidado, que el Pescador de Hombres vendría a por mí y su retoño. Mientras se lo llevaban sus ojos, vidrioso, cubiertos de lágrimas, ojos que parecían haber presenciado los más oscuros horrores, no dejaban de mirarme.
No sé qué haré. He visto lo suficiente como para que sus palabras hagan mella en mi espíritu, pero finalmente hemos conseguido ser una familia. Si Juan crece fuerte y sano nunca sabrá que yo no soy su padre, pero, si he de ser sincero, a veces lo miro y temo por lo que pueda llegar a convertirse. Incluso ahora, al tiempo que dejo constancia de mis pensamientos en este trozo de papel, record obsoleto de las meditaciones de la humanidad actual, lo escucho llorar en la habitación de al lado y su llanto, frío, despiadado, como el de un animal encerrado contra su voluntad, me recuerda el odio y la fuerza del Atlántico y me hiela la sangre.

02 febrero 2008

EL MISTERIO DE HOTEPH II




En un Mercado Persa. Las notas de la popular obra de Ketélbey me acompañaron durante todo el recorrido, del aeropuerto al hotel. Las calles estaban abarrotadas de gente y los edificios altos, modernos, de una insultante igualdad para con los de las ciudades de Europa, rompían el engaño que durante años había creído que sería la capital de Egipto. Aunque, bien pensado, poco más de diecisiete millones de personas tenían que vivir en una metrópolis moderna y no en precarias construcciones de adobe y barro.
La expedición partiría el quince por la mañana, lo que nos daba tres días para explorar la ciudad. Por supuesto Jeremiah, el Doctor Jones y yo, teníamos varias responsabilidades burocráticas que atender, tanto con la Universidad de El Cairo como con el Museo de Egipto. Por suerte Ahmed ya lo había dispuesto todo conforme a nuestras necesidades y Helen contaría con un guía propio para acompañarla y guiarla a través de la ciudad. El primer día acudimos al museo, lamentablemente n pudimos disfrutar de sus obras de arte ya que podo después de entrar en el edificio, sonaba la alarma de incendios. El fuego se había originado en el sótano, en una de las múltiples salas de restauración. Según el informe del cuerpo de bomberos, había sido provocado y, en consecuencia, el Museo de Egipto permanecería cerrado una semana, mientras se llevaban a cabo las investigaciones pertinentes. Ante la insistencia de las autoridades de la embajada británica, amén de la investigación, se programó la realización de un nuevo registro de las piezas del museo. Ahmed estaba furioso. Mientras Helen y Jeremiah nos adelantaban en Khan El-Khalili, él curioseando entre los múltiples libros y ella prestando demasiada atención a la bisutería inspirada en la época faraónica, Ahmed caminaba unto a Jones y a mí, sin dejar de manifestar su desacuerdo.
-¡Ies inverosímil! No piedo creer lo que están llevando a cabo. Es cierto, ¡es todo culpa de las iúltimas colaboraciones entre el miuseo y la Iuniversidad Británica de Egipto!
Jones intentaba disimular, a duras penas, una sonrisilla condescendiente.
-Si no fuese por la BUE hoy no estaríamos aquí, ninguno de nosotros, Ahmed. Bueno, quizás usted sí.
Ahmed era un hombre nervioso. Menudo y de tez sorprendentemente clara para ser uno de los hijos del Nilo, solía pararse cada par de minutos para mirar por encima de su hombro, asegurándose de que nadie lo seguía. Pese a sus múltiples rarezas, era uno de los pocos expertos en cultura y religión del Alto Egipto, que todavía estaba dispuesto a compartir sus conocimientos con investigadores europeos.
-De acuerdo, Dr. Jones. Piero cerrar el Miuseo no le hará bien a nadie. ¿Quié es lo quie pretenden? ¿Acaso encontrar la pieza robada con la quie espieculan?
-Creí que no había sido nada más que un incendio –intervine.
Uno de esos pequeños monos con ojos de botón y chaleco de lentejuelas me miraba desde el hombro de un mercader nonagenario, ataviado con unos flojos pantalones de lino crudo, como su camisa, y un chaleco de cuero gastado marrón oscuro. Pese a las marcas del sol y la edad en su piel, su bigote, largo y poblado, conservaba el color negro que, supuse, siempre había tenido, así como sus pestañas y su cortísimo pelo ensortijado.
-¡Sieñorita! ¡Por supuesto quie ha sido un robo! Tienen suerte de quie la gran parte de los tesoros guardados en el sótano del miuseo estén todavía sin catalogar, aunquie los más importantes fueran etiquetados y protegidos durante los años noventa. Lo más priobable es que uno de los estudiantes se encariñase demasiado con un peine o una vasija y se las arreglase para sacarla del miuseo con la excusa del fuego. ¡Pero cerrarlo una siemana!
Jones había apoyado su mano izquierda en la base de mi espalda. A través de la finísima camiseta de algodón podía sentir sus cálidos dedos presionando suavemente sobre mi piel. Al girarme hacia él señaló al mercader del mono. La horrible alimaña peluda había saltado sobre un indefenso cachorro de gato, uno de esos gatitos callejeros de manchas multicolores. En la mano llevaba una especie de cordón dorado que ahora trataba de atar alrededor del cuello del minino.
-¡Es un actitud inconcievible! ¡Inadmisible! No entiendo quie puede solucionar una nueva catalogación si hay piezas quie nunca fueron catalogadas…
-Hoteph –masculló el mercader, muy cerca de mi oído.
-¿Disculpe?
-Hoteph –prosiguió- El faraón negro, el Príncipe del Valle del Nilo. En sus ojos se refleja el dolor de toda la humanidad y suya no era la misericordia, pues ese dolor sería provocado por sus propias manos.
A pesar de sus erráticas y preocupantes palabras no dejó de sonreír ni un momento mientras hablaba.
-Venga. Tengo algo para usted. Venga.
No estaba demasiado seguro sobre si debía seguirlo al interior de la tienda o no, pero Jones, Jeremiah, Ahmed y Helen parecían haber decidido pararse en uno de los pintorescos puestos de té al aire libre a apenas diez metros de mí.
-¡Martha!
-¡Ahora voy, Jeremiah! ¡Tomaré uno de esos tes a la menta!
-Venga –insistía una y otra vez- venga.
El interior de la tienda era un cajón de sastre de amuletos, mantas, alfombras, chales, cinturones de monedas, joyas de imitación y pequeños sarcófagos de madera reproducidos a imagen y semejanza de los famosos féretros de Cleopatra o Tutankhamon.
-Hoteph- continuaba mientras extraía una cajita de madera, del tamaño de una caja de zapatos, de un viejo armario cubierto por supuestos velos árabes para turistas.
-Cien dólares –dijo al ofrecérmela.
-¿Cien dólares? ¿Por algo que ni siquiera sé lo que es?
Asintió, sin perder esa estúpida sonrisa de satisfacción.
-Cien dólares.
La caja era sorprendentemente ligera. No tenía ningún tipo de cerrojo así que no tuve más que levantar la tapa para descubrir una preciosa figurita de madera, de apenas doce centímetros. Su piel era anaranjada, casi roja. Sus ropajes azules, como los míos. En sus manos sostenía una vasija en miniatura. A su espalda una breve descripción, se trataba de un siervo, un ushabti. En cualquier otro tipo de situación, una imitación como aquella, jamás hubiese despertado mi interés. Sin embargo, el tipo de escritura contenía secuencias que pertenecían a la época del reinado de Hoteph, secuencias que jamás habían sido reconocidas por la comunidad de egiptólogos pero que, sin embargo, habían sido descubiertas en emblemáticos yacimientos Arqueológicos de Irán, Inglaterra y el Noreste de los Estados Unidos.
Cerramos el trato en cuarenta y cinco dólares. Cuando salí de allí un gatito festejaba su paladar en las todavía calientes tripas de un tití con ojos de botón.


-Tengo sed- necesito tiempo, tiempo para decidir si debo contarle la historia íntegra, tal y como la recuerdo o, por el contrario, debo omitir ciertos detalles.
-Claro, Martha. Te traeré un vaso de agua.
-Gracias.

(...)

26 enero 2008

EL MISTERIO DE HOTEPH I

El Doctor Hudson me mira fijamente, sus ojos son del color del Atlántico, del gris malhumorado y frío del océano. Aunque me resulta molesto reconocerlo, es una de esas personas de edad indeterminada, entre los veinte y los cincuenta, que sólo deberían existir en los cómics o en las películas. Su tez es clara y tiene el pelo muy oscuro, lo lleva ligeramente largo, de modo que el flequillo de estilo brit no deja de caerle sobre los ojos. Me mira. Me mira fijamente y yo no puedo evitar esbozar una sonrisa.
-Martha -su voz es suave y cautelosa, su tono apenas esconde el estudiado ritmo que un buen profesional ha de emplear con sus pacientes.
-Martha -repite, mientras mis ojos no permiten que los suyos se desaten de mi mirada- ¿te gusta la música?
-Parece un aria -respondo. Mis palabras parecen satisfacerle.
-Es un aria, una de tus favoritas, ¿la reconoces?
Se muerde las uñas. Nunca las trae demasiado largas y los pellejos de carne alrededor de esas planchas quitinosas suelen estar levemente ensangrentados. Vide Cor Meum, es el nombre del aria, el tenor solista no deja de repetirlo una y otra vez a lo largo de la pieza.
-No, no la reconozco.
Los dedos de uñas mordisqueadas dejan de impulsar el bolígrafo que sostenían, obligándolo a girar en remolinos sobre la falange de su pulgar, para realizar una breve anotación en su portafolio. Hoy la carpeta es roja, no verde como cuando baraja una posible mejoría en mi estado mental, ni azul como cuando prevé que mi reacción a sus preguntas será violenta.
-¿Te gusta? Es decir... -siempre escoge este momento, tras su primera anotación, para recostarse en la silla- Aunque no la reconozcas, ¿te gusta que esté puesta?
-Hmmm...
Me recuerda a una pequeña iglesia, una iglesia de paredes blancas en el corazón de Carolina del Sur. Un encantador muchacho negro, de no más de cinco años, vestido con sucios y malolientes andrajos, está sentado en las escaleras del pequeño porche que da entrada al templo, en sus manos sostiene el esqueleto seco y vacío de un enorme sapo. Como si supiese que este recuerdo no me pertenece, clava sus enormes ojos negros en los míos y aguarda a que el silencio se haga en mi mente, consciente del ruido que podrían llegar a provocar mis propios pensamientos. Su boca, seca por el calor y la deshidratación, masca lentamente una palabra que no puedo comprender.
-No, está bien. No me molesta -respondo al fin.
-¡Fantástico entonces! -sus codos se apoyan sobre la mesa, ocultando su rostro tras una máscara de carne, creada por sus dedos entrelazados a la altura de la barbilla- ¿Cómo te encuentras hoy, Martha?
-Hoy... hoy me encuentro bien. Creo que hace un poco de frío en mi habitación, pero a pesar de todo he conseguido dormir durante gran parte de la noche.
La respuesta parece complacerle mientras se regodea en otra anotación en esa maldita carpeta roja.
-Haré que suban la calefacción de tu cuarto, no te preocupes. Entonces, ¿nada de sangre cayendo del techo esta mañana?
Sonrío, esta mañana la lluvia roja se deslizaba perezosa por el cristal de mi ventana, del color de los rubíes y de las rosas en verano.
-No, nada de sangre -sonrío- No sé qué me llevó a pensar que era realidad. Supongo que no era más que una pesadilla -sonrío de nuevo, mirando esta vez a través de la ventana. El jardín del psiquiátrico es precioso, demasiado pacífico como para formar parte del mundo real.
-Lo sé. No debes preocuparte, estamos aquí para cuidar de ti.
Esos ojos grises, esos ojos que me estudian y perseveran en analizar cada átomo de mi alma. Esos ojos grises me ponen enferma.
-Escucha, Martha. Sé que el rescate ha sido un episodio traumático, tanto para ti como para el Doctor Jones, pero los agentes
-¿Podemos cambiar de silla?- interrumpo.
-¿Disculpa?
-Tu silla. Es más cómoda que la mía. En la universidad siempre soy yo la que está del otro lado, no me gusta estar aquí. ¿Podemos cambiar?
Poco a poco mi mirada vuelve a buscar la suya, la del águila que estudia cada movimiento de su presa.
-Er... por supuesto. Como iba diciendo -continua mientras se levanta y el hilo musical de su despacho comienza a desgranar El Danubio Azul- Los agentes MacHardy y Delaine me han pedido que hable contigo de los incidentes de la expedición. Como bien sabes, todavía se desconoce el paradero de tres de tus colegas, el Doctor Jeremiah Baxter, la señorita Helen Duvois y el director general del Museo del Cairo, Ahmed Al´Malek.
Su silla es cómoda, de cuero negro suave y brillante. Ahora soy yo la que puede mirarlo por encima de mi hombro, pese a sus anotaciones y su meloso tono paternalista.
-Sería de mucha ayuda que me contases todo lo que recuerdes, cualquier cosa podría ser la pieza que falta en el rompecabezas para encontrarlos y salvar sus vidas.
Sus vidas. Lo dice como si sus vidas tuviesen algún valor. Siento ganas de vomitar. Como cuando era niña, dejo que las imperfecciones de mi cuerpo se adormezcan al son de los arpegios de la música de cámara y respiro honda y profundamente.
-Aterrizamos en el aeropuerto de El Cairo el doce de Agosto. El Doctor Baxter y su mujer, Helen, habían volado desde Los Ángeles a Londres, el Doctor Jones nos esperaba en El Cairo, junto con Ahmed. Nunca imaginé que en Egipto haría tanto frío. Nada más bajar del avión, el Doctor Jones se acercó a mí, dijo que me había reconocido de mi ponencia en la Conferencia Internacional Europea de Arqueología del 2005: La pirámide del Faraón Negro, El Misterio de Hoteph.

(...)

13 enero 2007

Aimé: capítulo uno (parte)

El gatonejo se paseaba entre las piernas de Aimé, moviendo su naricilla naranja en un frenesí armónico y ligeramente desacompasado que pretendía marcar el ritmo de un ronroneo fallido.

-Eh, eh! Yo no te he dicho que hagas eso. En fin...

Aimé comenzaba a estar cansado, y el día no hacía más que empezar. Cansancio, últimamente era en lo único en lo que podía pensar. Además, él estaba de vacaciones. Todavía tenía una larga semana de vacaciones.

************

Lancelot refunfuñaba cada vez que tenían que salir de casa. En los primeros años de su relación a Isobell no le importaba llevarlo de la mano e incluso enseñárselo a sus amistades, pero ahora se avergonzaba de él. Estaba seguro. Si bien la sociabilidad de los primeros años se le antojaba el epítome del paraíso, su vida actual no era demasiado mala. Isobell y él compartían un pequeño apartamento en la zona sur de la ciudad. Tenía dos habitaciones, un salón pequeño pero acogedor y una minúscula cocina. La habitación que no usaban estaba repleta de estanterías y trofeos que Isobell encontraba tirados en los parques o abandonados junto a los contenedores de basura. Su compañera de juegos los traía a casa, los limpiaba cuidadosamente y los dejaba en la repisa de la ventana o al pie de esta, si resultaban muy grandes, para que el sol de la mañana les devolviese las fuerzas perdidas. Allí permanecían durante días, semanas e incluso meses hasta que la promesa de un nuevo juguete se apoderaba de la mente de la muchacha, normalmente en una tarde de jueves.

Los jueves eran especiales para Isobell porque era el único día de la semana que sabía que no tendría que ir a trabajar. De ese modo procuraba levantarse temprano, muy temprano, para hacerse una enorme taza de leche con chocolate y tomársela junto a Lancelot, disfrutando de los primeros dibujos animados del día. A la hora del telediario el osito apagaba la televisión valiéndose del mando a distancia y ambos regresaban a la calidez de las sábanas de felpa, Allí permanecerían el resto de la mañana tras haber improvisado un fuerte con sábanas, almohadas y cojines que los defendería de las incansables tropas indias deseosas de hacerse con su oro.

-¿Con nuestro oro?- Preguntó Isobell -¿Qué somos, Juan Cortés?

Lancelot resopló y bajó de un salto del cabecero de pino a la cama, para encararse con ella.

-Muy bien, señorita sabelotodo. Si no quieren oro, ¿por qué nos atacan? – increpó, aderezando cada una de sus palabras con un golpe al aire de su rifle de plástico.

-Para que abandonemos sus tierras y puedan, por fin, enterrar el cuerpo del hombre-medicina que cayó muerto hará un par de días tras uno de nuestros ataques.

El peluche convertido a soldado americano pareció meditarlo durante un largo rato.

-¿Sobre-de-manzanilla-caducado?

Isobell asintió con tanta energía que la gorra de plato rusa que hacía las veces de visera del ejército salió proyectada hacia las filas enemigas.

-¿No jugábamos a los indios nosotros la semana pasada?

-Sí- contestó Isobell.

Lancelot se sentó sobre uno de os mullidos muros del fuerte.

-¿Cómo dejamos que le diesen al chamán?

-Bueeeeno. Nuestro jefe, Listo-como-águila-rápido-como-serpiente, quería ver el combate de Pressing Catch – sentenció ella con tono acusatorio.

Ofendido por el cariz que estaban tomando las cosas, Lancelot decidió batirse en retirada.

-Era un farsante, los dioses no estaban de su parte – Alzando el arma sobre su cabeza arengó a sus tropas al vislumbrar el arma secreta de los indios, una bestia sin igual cuya invocación requería actos de canibalismo, profundos conocimientos del mundo mágico y espiritual y una dieta estricta a base de coles de Bruselas y remolacha. Sólo un hombre engendrado por el odio de los dioses en el vientre de una mujer muda y albina tenía el poder suficiente para llamar y controlar a la criatura. Desde luego, el sustituto de Sobre-de-manzanilla-caducado, era un ser poderoso. Lo suficientemente poderoso como para traer al monstruo que los americanos conocían con el nombre de Pishi.

Aimé se preguntaba esa mañana dónde había dejado las llaves. No estaban en el cajón de la cocina, ni en la mesita del café del salón, ni en el bolsillo de su chaqueta, ni en la lavadora, ni siquiera las había visto en el pequeño gancho junto a la puerta de la entrada donde las solía colgar al llegar.

Eso no le gustaba. No podía cerrar la puerta de casa y no podría salir a hacer su compra matutina. Mientras tanto Michelene trataba de conseguir un plato de cremosa leche de su nuevo dueño. Si el gatonejo pudiese hablar, le diría que mirase bajo la cama, pues uno de los lugares favoritos de los goblins para guardar sus tesoros es bajo la cama. Sin embargo ya poca gente cree en goblins y hadas, y las madres a menudo se afanan en hacer desaparecer las bolitas de polvo que les proporcionan cobijo y seguridad. Aimé no barría, él pasaba la aspiradora cada jueves, después de comer. Esta era una de las razones por las que Aimé nunca comía fuera de casa en jueves, pues las aspiradoras desconocidas ni le gustaban ni le ofrecían ninguna confianza. Aún así, su casa estaba infectada de goblins.

No es un hecho demasiado conocido, pero los demonios de los fae también encuentran refugio tras las estanterías de las especias. Especialmente tras las bolsas de curry.

11 enero 2007

Aimé: Prólogo

Aimé es uno de los proyectos estancados que he prometido terminar (y lo haré, porque entre los fans del pequeño prólogo se encuentran dos de mis "favourite people of all times"). Ha avanzado bastante y citando al Maestro "lo importante es saber el principio y el final, y luego... lo del medio, se va escribiendo". El principio os lo dejo aquí y el final lo conozco así que en cuanto tenga tiempo para tomarme un café (Aimé se escribe en cafeterías en días de lluvia, no me preguntéis por qué, no sabría dar una respuesta) probablemente lo acabe (o eso o la parte central será más larga de lo que pienso y necesitaré más de una tarde de cafés). Ah! Es un relato infantil...
PD: La ilustración pertenece, como no, a Mr Barros (pero la hizo hace muuuuuucho tiempo en una galaxia muy lejana.

Aimé era un muchacho normal. No se puede decir que le gustase el fútbol, ni la música de la radio, ni las revistas, ni salir al campo, ni jugar con aparatos electrónicos. Al margen de estos pequeños detalles, Aimé era un muchacho corrient. Lo único que destacaba en su vida eran dos cosas: que conocía exactamente la fecha de su muerte, y que era incapaz de llorar. Lo uno lo supo desde el día en que nació, lo segundo lo decidió el día que conoció a la dama de la guadaña por primera vez. Fue entonces cuando hicieron un trato que nunca, jamás, ninguno de los dos podría romper.

***

A Eloise le gustan los gatos. Michelene es su mejor amigo, ha estado con ella desde que puede recordarlo. Papá y mamá dicen que Michelene no es un gato de verdad pero Eloise sabe que sí lo es. Es más, lo único que podría diferenciar a su amigo de un gato de verdad es su aspecto. Michelene nació siendo un conejo de peluche, pero fue criado entre gatos, así que se considera a sí mismo un gato de adopción. A Michelene no le gusta la ensalada y le gustan los ojos de avestruz. Marie y Pierre, los padres de Eloise, están un poco preocupados por la obsesión de su hija con los ojos.

Hoy es 12 de Febrero, Michelene no ha salido a jugar. A la puerta de Aimé un conejo maúlla sin cesar.

-Calla – Dice Aimé.

A Aimé no le gustan los gatos. Ni siquiera los gatos que parecen conejos. Él prefiere a los gorriones y las golondrinas, a los cuervos y las urracas, a las serpientes y los tiburones. Pero no a los gatos.

A Aimé no le gusta que lo molesten mientras desayuna. La primea comida del día es uno de sus momentos favoritos, no porque le guste comer sino porque le gusta disfrutar del primer cacao del día en silencio mientras organiza cuidadosamente las tareas que desempeñará durante el día. Lo que acostumbra a hacer es sentarse a la mesa de la cocina y remover su cacao en la taza con una cuchara larga mientras con la mano derecha escribe en un pequeño cuaderno de hojas ralladas todo lo que tiene por hacer.

Esta mañana tan sólo llegó a cubrir la mitad de su día. Justo cuando anotaba con su cuidada caligrafía:

-12:40 Recoger la gabardina del tinte.

Michelene entraba en escena.

No muy lejos de la puerta de Aimé un curioso acontecimiento tenía lugar. El señor Garth cedía el paso a Miss Halloway que pasó de atusarse el precioso pelo rizado de color avellana a sentir una presión áspera y cortante alrededor de su largo y brillante cuello de porcelana, herencia de una exquisita educación victoriana.

Y en ese mismo momento muy, muy lejos de París, Isobel cumplía 20 años. No había cientos de amigos a su alrededor pero acababa de despertarse y miraba fijamente a la única vela clavada con saña en una magdalena rellena de chocolate.

-Feliz cumpleaños, Isobell – Murmuró hacia la traviesa llama que le calentaba los párpados. Luego cogió aire disponiéndose a apagarla.

-¡No!

Gritó alguien a su derecha.

-¿Qué quieres decir con no?

-No puedes apagarla hasta pedir un deseo.

Lancelot la miraba fijamente, en su tono de voz se adivinaba cierto enfado.

-Siempre lo haces mal. Primero pides el deseo, luego cierras los ojos y lo último es soplar. Nunca va a funcionar si te empeñas en hacerlo al revés.

Isobel se olvidó de la vela por un momento y se debruzó en la mesa mirando a Lancelot a los ojos. Lo cierto es que siempre tenía que hacer esto cuando quería hablar con él de cosas serias e importantes, ya que pronto descubrió que sería mucho más alta que el osito de felpa con botones por nariz y ojos y boca en forma de cruz que ahora criticaba sus métodos de pedir deseos.

-¿Sabes? Hay lugares en los que primero se hace pasar un anillo a través de la vela y luego se pide el deseo. Así que no creo que seas un experto en el tema.

-¡Paparruchas! Además nunca pides nada que valga la pena. Como aquella vez que cumpliste 15 años por primera vez y querías que Marcel te regalase una rosa.

-¿Qué tienen de malo las rosas si se puede saber?

-¿Qué tienen de bueno? Se quedan en un jarrón aburriéndose hasta el fin de sus días. Rosas... ¿por qué no una espada? ¿O un castillo en las montañas? ¿o un té con la Dama del Lago? Sabes, últimamente no me sacas nada de casa y los soldaditos verdes empiezan a aburrirme.

-De todos modos no funcionó.

-Porque lo haces siempre mal, ya te lo he dicho.

Insistió Lancelot.

***

Aimé abrió la puerta y dedicó una mirada crítica al conejo de felpa. Michelene se atusó los bigotes y se sentó en sus patas traseras, estirando las delanteras sobremanera, al modo que él consideraba el más elegante para la ocasión.

-Miau- dijo.

Lejos de sorprenderse, Aimé se rascó la cabeza.

-Miau- insistió Michelene.

-¿Sabes? Los conejos no maúllan, pero supongo que no importa. Veamos –añadió el muchacho mientras sacaba una libreta azul celeste de su bata de casa a cuadros escoceses- si hoy es jueves tú eres Mich... ¿pero qué haces?

El gatonejo se paseaba entre las piernas de Aimé, moviendo su naricilla naranja en un frenesí armónico y ligeramente desacompasado que pretendía marcar el ritmo de un ronroneo fallido.

-Eh, eh! Yo no te he dicho que hagas eso. En fin...

Aimé comenzaba a estar cansado, y el día no hacía más que empezar. Cansancio, últimamente era en lo único en lo que podía pensar.