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15 noviembre 2013

NaNoWriMo 2- Cetáceos







 

      Swing mirara para ela, leváralle bastante tempo porque tiña que mirala primeiro pola banda da esquerda e despois pola banda da dereita, e ela tomara prestado ese tempo para se fixar nas curiosas liñas de tecido escuro que cubrían a pel azulada en grises imposibles do amo da batuta. Ao cabo dunha vertixinosa danza rodeando unha fosa mariña, Swing nadara con presteza por entre todos os membros do banco, agarimándoos co rebufo acuoso das súas poderosas aletadas, e entoara unha melancólica canción de ritmo e cadencia descoñecidos para ela, deixando que fosen as notas as que pendurasen da inmensa cavidade da súa gorxa e se perderan por sempre na feble memoria do mar. Co último, mais ben derradeiro, chío do tenor, comezara ela, pequena como era, a tecer a nova melodía que, desde aquel día, sería seu identificador e marcaría sen dúbida a data do seu nacemento.
 
      No contrapunto á esquecida canción de Swing, era a súa unha marea de profundidade vogal e gorentosos altibaixos sumidos en brancos contrapuntos de sal. O resto dos cetáceos escoitaran primeiro, coa atención dos que se saben en presenza dun momento histórico. Na segunda volta cada un fora engadindo unha colección de sons e, máis importante, de silencios, que finalmente completaran a nova sétima obra do banco de baleas do Nordés. E deste xeito, calmo, transcendental e  belido no seu drama ausente de dramatismo, a sinfonía ficou completa e Swing desapareceu.

14 noviembre 2013

NaNoWriMo1- Cetáceos

 
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“El cadáver de la ballena común que el domingo apareció a la deriva en la costa de Muros quedó ayer varado en un arenal de Tal, tras su periplo por la ría. El cuerpo del cetáceo de 20 metros y cerca de 40 toneladas se encuentra en estado de descomposición y está a la espera de que las autoridades decidan qué hacer con él”
El correo gallego

 
      O cadáver da balea non era nada común e, de poder respostar á infamia á que se vía sometida, diría que os mamíferos bípedes pequenos, moito máis comúns nas praias galegas cun cetáceo de vinte metros, tampouco tiñan tanto dereito a dispor dos seus restos para se fotografar canda eles como se ela fose un souvenir do areal. Mais, ao non estar no seu hábitat, pouco podía facer a maiores de abrir ben a boca na procura dunha derradeira onda de auga salgada que lle trouxera algún recordo do camiño perdido ao tornar ao fogar.
       Pouco tempo atrás andara xogando coas outras da súa tribo no mundo de abaixo, no mundo azul, cantando os doces ritmos da súa comunidade cargados de imposibles bemois e algún flotante sostido de cando en vez. Coñecía os sete cantos mellor do que coñecía o seu propio nome, ou a posición da súa aleta da sorte pois, un tras outro, desde o día do seu nacemento, día que lembraba frío e borroso, nunha bruma de verdes do Atlántico Norte, fora ela quen unira os dispersos sons do capricho de Neptuno e fiara as novas melodías para o banco que lle dera a benvida ao mundo. 
       Xaora fora tamén ese día no que coñecera a unha balea macho, xeitoso e galante, pouco máis vello do que fora a súa nai e pouco común no trato, cunha cicatriz de guerra a lle atravesar o ollo dereito de arriba abaixo, ao que todos lle chamaban Swing.

29 enero 2011

Capítulo 3: Peligrosamente unidos (inacabado)

 
PELIGROSAMENTE JUNTOS

Al volver a la oficina le habían entrado ganas de gritar o de accionar la alarma contra incendios. Todo, absolutamente todo, permanecía igual, como si las personas que la poblaban fuesen vainas vacías, una especie de invasión de los ultracuerpos hecha carne de la mano de alienígenas especialmente aburridos. Elena acababa de llegar de su almuerzo de tres horas, uno de los pocos que probablemente no hubiese recordado a la obra de Burroughes. Tenía el pelo alborotado y húmedo, como si impertinente chaparrón la hubiese calado a puertas del departamento, y los labios pulcramente perfilados con gloss rosa. Venía con ganas de hablar pero Alicia consiguió deshacerse de ella fungiendo un interés falso en su apasionante libro de geometría, afrente que se saldaría más tarde con un par de cervezas.
La conversación con Geroge había avivado su curiosidad. Se notaba nerviosa, inquieta, con un nudo de vacío en el estómago que la visitaba como un viejo amigo. Uno de esos molestos compañeros del instituto que te reconoce por la calle y camina a tu encuentro esgrimiendo una patética sonrisa y cinco arrugas en la frente como únicas credenciales, mientras aguarda que lo reconozcas como una de las mejores cosas que te ha pasado en la vida. El nudo de vacío en el estómago no era una buena señal, ni una buena compañía. Mientras fijaba la vista en las sinuosas curvas de una integral doble, recordaba situaciones anteriores en las que había sentido ese nudo en su estómago. Las primeras habían sido de muy joven, de muy pequeña habría dicho entonces, normalmente asociadas a la pérdida de algo querido.
En concreto, creía recordar con relativa objetividad, la primera visita de ese eterno vacío que se instalaría en su vientre para reclamar su atención en ocasiones especiales y fiestas de guardar. Era muy pequeña. En su recuerdo, cuidadosamente clasificado en un jaón de sastre, etiquetado como “memorias de infancia” su perspectiva se encogía y sentía que estaba viendo el mundo a través de binoculares de aumento con lente de ojo de pez. En esos recuerdos confusos siempre tenía una edad indeterminada y las estaciones, los días y los meses, no tenían sentido alguno. Puede que los más selectos y elaborados estuvieran ligados a alguna vaga referencia temporal como “antes del colegio” o “a la hora de comer” pero la mayoría tenían lugar en ese limbo onírico que constituía la sala de estar del piso de los abuelos. Un lugar eterno, inmutable a través de los años, oscuro pese al brillante sol que pugnaba por penetrar a través de los cristales de un inmenso balcón repleto de plantas tristes en una cárcel de hormigón y reja oxidada. En ese escenario de muebles marrón oscuro, la esencia del marrón oscuro, y adornos florales granates salpicados de cuero sintético, era imposible tener una imagen clara de lo que pasaba a su alrededor, de modo que los binoculares sólo enfocaban a la imagen central, diluyendo el fondo en una continua niebla de olvido.
El primer recuerdo nunca tiene contexto, sólo clímax, y esa explosión se desenvuelve en el largo pasillo, frío y húmedo, que desemboca en la sala. Un pasillo sin fin, recorrido con la angustiosa prisa de una niña pequeña que siente frío en las manos y la ardiente presión de llamas vivas sobre su cuello. No sabe lo que es, pero algo oscila en su garganta y escucha al viento en su interior. Su boca tiene sabor, tiene miedo y no le gusta, pero cree que todo acabará al cruzar el umbral a la sala oscura, así que sigue corriendo hacia ella, hacia la única salvación y protección que conoce. Al entrar, criaturas antropomórficas de gargantuescas dimensiones la escrutan con sus indiferentes miradas, sin que sus labios dejen de moverse. Una capa de agua salada cubre el mundo, lo torna borroso y más confuso de lo habitual, mezclando el dolor del desamparo, que nunca se irá, y el físico ardor de la vaina de un boli bic naranja, empuñada por un desconocido, que baja una y otra vez, con fuerza, trazando senderos de rabia encarnada sobre su cuello y su espalda.
Nada.
En silencio la miran durante apenas un segundo para abandonarla a su suerte mientras vuelven a sus insulsas conversaciones. Es entonces cuando el vacío se apodera de sus entrañas y, sin saberlo, conoce el significado de otra de esas confusas palabras que ha escuchado en la televisión: abandono.
Como en todos los recuerdos lejanos el tiempo carece de significado y pronto el niño del boli bic se desvanece. ahora es su madre la que revisa sus heridas mientras la abuela, que había de ser cuidadora, explica que no sabía nada de ellas, que ha pasado la tarde jugando con otro niño, que es débil, que ya se sabe que ella nunca se defiende, que podría haberle pasado en cualquier momento. Ella calla, de pie en medio de esa salita, calla y la escucha. Sus ojos castaños de botón la miran de un modo inteligente, recordando cada una de sus palabras, cada una de esas hipócritas excusas que espera que olvide, como tantos otros momentos de la niñez, consciente de su error pero sin atisbo de culpa. Ante la reprobatoria mirada de su madre parece retroceder. Como si temiese estar en problemas, una pequeña inflexión en el tono de su voz le da la llave para parecer preocupada por la niña. En su cabeza, la pequeña, no encuentra palabras, desconoce cómo expresar la rabia, el dolor, la decepción de haber sido tratada como una posesión que exhibir en las mentiras de alguien que ha traicionado su confianza. Perdida en sonidos que no comprende, tan sólo puede apretar los puños y pensar con todas sus fuerzas… “mala”.

27 diciembre 2010

CAPÍTULO 2: EL VUELO DEL FÉNIX

CAPÍTULO 2: EL VUELO DEL FÉNIX


Son las doce de la mañana, e esa hora el mundo parece detenerse para no llegar a ningún final. Las luces de los ordenadores se atenúan y el grueso universitario prefiere abandonar el barco a sucumbir al hambre. La estrella de la fiesta es la caravana de Joe, al otro lado de la carretera.
La ventanita virtual se ilumina con un nuevo mensaje. Thunderbird, ¡qué nombre tan cojonudo para un servidor de correo!
-¿Vienes a comer? - Pregunta Elena.
-No, gracias- mientras espera a su lado ve como comienza a liar uno de sus cigarrillos y siente la boca seca, deseando sucumbir al humo. Aunque no lo ve, es dolorosamente consciente de la carrera que, desde el laboratorio, libran su jefe y el que todavía más manda para compartir sobremesa con la nena nueva- Prefiero comer más tarde, cuando pare de leer. Aún no me he acostumbrado a estos horarios bárbaros.
Cuando la puerta se abre un extraño dibujo animado hace su aparición. Está cubierto de piel pero sus movimientos son erráticos y caóticos, en un devenir arrollador hacia la mesa de Alicia, una cabeza diminuta parece ir continuamente adelantada al cuerpo, ligeramente coronado por el sobrepeso, al que está unida. Por un momento la única explicación científica es que ese cuerpo maltrecho debe su falta de coordinación y estilo al constante momento lineal que propulsa la pelota de rugby blanca que guía sus movimientos. Al detenerse junto a la mesa uno casi se esperaría escuchar el chirriante sonido de los frenos de metal de una locomotora del Oeste. Pese a que afuera están casi a bajo cero viste una camisa hortera de maga corta y sostiene una minúscula billetera sobre el pecho, sujetándola con ambas manos como si se tratase de emular una más que sacrílega imagen del Sagrado Corazón. Sin mediar palabra, esbozando una sonrisa carente de labios y mirando a una y a otra, se balancea sobre la punta de sus pies, embutidos en náuticos pasados de moda.
-¿Quieres algo, Graham?
Sigue mirándolas. Alice se pregunta si esa espera contesta a alguna esperanza de que Elena o ella sean capaces de leer la mente.
-¡Comidita!- Responde con tono y voz infantiles. Consciente de que su rictus puede delatar el asco y la vergüenza ajena que este hombre produce en ella, vuelve su atención al mensaje parpadeante de su gestor de correo. Elena, más paciente y ávida de juegos en la cumbre con hombres que tienen mucho que aprender, toma las riendas de la conversación.


De: Nadie, absolutamente
Tema: A mighty fine predicament

Queridísima Alicia,
Me preguntaba si tendrías a bien compartir conmigo una ligera comida más tarde, abajo en la sala de personal. ¿Digamos a las cuatro y cuarto? Creo que mis últimos descubrimientos pueden ser de tu interés.
Sinceramente,
Tu admirador secreto.


Adjunto al correo un archivo de sonido con título de canción de Free “Tira tu sombrero y quítate los zapatos, sé que no vas a ningún sitio. Corre al pueblo a cantar tu blues, sé que no irás a ningún sitio”.

-¿Holaaaaaaa? -Cabezarugby se interpone entre ella y la pantalla, congelando la traviesa sonrisa de su rostro - ¿Te vienes a comer?
Durante un momento el rostro de Graham se contorsiona en lo que podría ser entendido como un patético intento de parecer mono y vulnerable. La mera idea le da escalofríos.
-No, paso.
-Vengavengavengavengavengavengavengavengavengavenga
-Venga Alice, hace tiempo que no comemos juntos – insiste Elena, poco dispuesta a llevar a cabo esta ordalía por sí misma.
No va a dejarse convencer, esta vez no, empieza a estar harta de todas esas convenciones sociales que no hacen más que cabrearla, de esa gentileza fingida que la lleva a estar rodeada de parásitos sociales en busca de un rayo de luz.
-No, paso. Ya he quedado para comer.
Sin mediar ninguna otra palabra se coloca los cascos y abre su libro de geometría diferencial, dejando que The Who desgrane el secreto de las cónicas y las cuádricas.

“Out here in the fields,
I fight for my meals,
I get my back into my living.

I don´t need to fight
to prove I´m right
I don´t need to be forgiven
yeah, yeah, yeah, yeah, yeah”

A la hora convenida la sala de personal está casi vacía, salvando la presencia de una catedrática de astronomía que, rozando los cuarenta, lucía un bigote salpicado de canas qe haría las delicias de Frida Kahlo y sostiene una taza de porexpan a rebosar de humeante té manchado con leche entera. Sus pies calzados con sandalias sin calcetines le hacen pensar en que algo en se pais no puede funcionar bien para que sus habitantes no sean capaces de experimentar las sensaciones térmicas de frío y calor.
-¡Buenas tardes! -anuncia triunfal hacia la recién llegada, girándose para mirarla de arriba a abajo. Esa cordialidad inicial se torna en frialdad con la misma rapidez con la que retoma su posición en la tercera mesita de la estancia, la más cercana al microondas. Alicia sabe que lo hace porque ella no es de su clan, no es una de esas criaturas afanadas en descubrir los designios de un Dios caprichoso a través de números que etiqueten cuerpos planetarios. Es más, en más de una ocasión ha manifestado abiertamente y ante la cara de asombro de la experta celeste su poca convicción en la materia oscura. En otras palabras que no se lo traga, que no vale eso de inventarse una masa indeterminada que aparezca y desaparezca como el Guadiana solo porque no puedes explicar algo. Obviamente sus opiniones no fueron demasiado bien recibidas y ahora su presencia es tan valorada como la de las ratas en época de peste. No importa, por lo menos ella parece una mujer y no un conglomerado de materia orgánica vagamente femenino gracias a la presencia de sendas ubres en la zona superior del torso.
Dados sus anteriores encuentros está segura de que no puede ser su admirador secreto pero, por si acaso, le echa una última furtiva mirada y, tras asegurarse de que su atención sigue unida a las últimas publicaciones de interés científico, se sirve un café caliente y busca algo que hacer mientras espera.
Algo que hacer podría ser contar las notas de la ajada moqueta o sumergir las tazas de té en agua con sal para librarlas de esas manchas marrones persistentes cual pecado original. Los periódicos sobre la mesa pierden su rentabilidad después del mediodía, ahora los crucigramas y sudokus yacen mancillados por laceraciones en tinta azul. En ocasiones se pregunta el por qué de la predilección de los científicos por la tinta azul y las hojas rayadas, pero probablemente se deba a una tradición incomprensible que aporte mayor rigor a cualquier tipo de conclusiones o toma de datos. Sus cuadernos de laboratorio suponen un insulto en negro y jor, desde el punto de vista de su jefe, caóticos y desordenados. Cada vez que se lo repetía ella cogía un boli verde de administración y elaboraba un guión de todo lo que había en el cuaderno. Ya tenía veintidós , la entrada más repetida era “interpretación incorrecta de los datos analizados. Ver entrada siguiente”.
Tras el segundo sorbo de café, la puerta se abrió de nuevo y George la saludó desde el quicio. Tenía un aspecto ligeramente ratonil. George era el compañero de piso de la única persona digna de su respeto en el departamenteo, Sofía. Los dos eran griegos pero Georges se había anglilizado el nombre nada más llegar a la Isla. Tendría unos treinta y cinco pero era dolorosamente consciente de que le quedaba mucho por vivir antes de sentar la cabeza. A su madre le hubiera parecido un jetas y un vividor, pero a Alicia, ese desparpajo mediterráneo suyo, esa capa de prepotencia de sabor a sal y a luz sobre su piel y esa voz ronca de sátiro indomable le parecían encantadoras.
-Buenas tardes -canturreaba con su cerradísimo acento ateniense, poco antes de sentarse frente a ella con una taza de té y un sandwich de pollo entre sus manos.
-Buenas tardes, George. ¿Almorzando?
Un brillo de picardía le iluminaba los ojos. Sabía algo, algo que deseaba compartir con ella pero que no haría hasta que estuviesen a salvo de oídos y miradas curiosas. Llevaba un destartalado jersey de lana, probablemente lo primero que hubiese encontrado en su armario esa mañana. ¿Sería George su admirador secreto? Desde luego estaba en el lugar adecuado en el momento preciso y su comportamiento daba a entender que sabía algo. Aunque no trabajaban en el mismo proyecto sí que compartían disciplina, podría ser. La idea de un encuentro clandestino con él hacía que se sintiese importante y, al mismo tiempo, estúpida. Pese a la satisfacción personal que le anticipaba la posibilidad de sentirse necesitada por un hombre como él, un hombre maduro, impertinente y sagaz, también despreciaba caer en las redes de lo común, de lo que todos adoraban y a todos atraía. ¿Era ella acaso una más de esas mujeres que se ven atraídas por la norma? ¿Era una marca más en un cinturón de balas de un moderno Cassanova con aspecto endeble y labia de poeta?
Empleó lo que parecía una eternidad fantaseando con la idea de amanecer en una cama doble, en la que ya había dormido en soledad durante los viajes de George al continente, esta vez acompañada. Sin apenas esfuerzo pudo imaginarse la luz mortecina del sol de la Reina recuperar sus fuerzas al atravesar las cortinas amarillentas de la habitación para posarse sobre los lomos de cinco libros alineados junto a una pequeña cadena musical en la que los Smith tenían su perpetua morada. La sutil penumbra en la que quedaba el escritorio, presidido por un enorme espejo en el que se adivinaba la figura de George, durmiendo a su lado. El eterno silencio ahogando sus respiraciones al tiempo que cinco pasos indiscretos bajaban de la habitación del ático, rompiendo el embrujo del momento. Como si de una extraña premonición se tratase, George, instantáneamente perdió todo atractivo sexual. No merecía la pena caer tan bajo ante los ojos de Sofía por un polvo de una noche con el que, probablemente, fuese un amante excepcional.
-¿He dicho algo malo?
-¡Pero si no he dicho nada!
-Ya lo sé, pero de pronto has puesto una cara de horror bastante impresionante. Sabes que si molesto me lo puedes decir a la cara.
En realidad no lo decía en serio, no podría decírselo a la cara sin insultarlo; George era bastante susceptible.
-No, no era eso, estaba pensando en los experimentos de la semana que viene.
-Bufff -se recostó en la vieja silla azul, la única que conservaba ambos brazos envueltos en espuma barata. -¿Ya tienes las muestras?
Alicia dirigía esquivas miradas hacia la puerta, esperando a que alguien más, quien fuera, apareciese y desmintiese sus temores.
-No, tengo tiempo. Vendré el fin de semana, trabajo mejor cuando estoy sola.
George asentía, no podía evitar encontrar la situación divertida. Recordaba los primeros días de Alicia en el departamenteo, su fuerza, sus ganas de comerse el mundo y su impecable organización dignas de una alemana de libro.
-¿De qué te ríes?
-Antes te gustaba trabajar con gente.
-Antes no había un ordenador en la sala de cromo que el capullo de Jon Waters usase para poner a Britney Spears a toda pastilla.
-Puedes llevarte auriculares.
-Estás de coña, ¿no?
George enarcó las cejas, dando a entender que no comprendía lo erróneo de su formulación.
-La última vez que bajé al laboratorio con cascos Graham vino a buscarme y, como no le oía, se pasó casi diez minutos diciéndome barbaridades. ¡Fui la comidilla del departamento durante tres semanas!
Lo único redentor de la carcajada en la que estalló George al escuchar de nuevo aquella anécdota que tan bien conocía fue que casi se atragantó con un trozo de pollo.
-¡Por no hablar de tu primera semana en la oficina! ¿Te acuerdas? Enchufaste los auriculares a la toma del micro y pusiste la música a tope porque casi no la oías. ¡Estos ingleses! No me explico cómo ocho personas pueden aguantar los grandes éxitos de la Velvet sin decir nada sólo por ser amables. ¡Seguro que todavía creen que eres idiotas!
Respiró hondo. Claramente George estaba jugándosela. Es cierto que había entrado en la oficina con mal pie pero había sabido jugar sus cartas. Ahora la respetaba. Era un poco rara y una borde pero la respetaban. El incidente de la Velvet estaba olvidado, apenas se lo recordaban en las cenas de grupo, una vez embriagados por el alcohol, y siempre en tono jocoso y distendido. Estaba olvidado, estaba segura de eso.
-Por lo menos yo vengo a la oficina todos los dos días – respondió con un punto de orgullo herido y cierta dosis de mala leche.
-Vamos, vamos, no te enfades. Sabes que estoy bromeando. ¿Vas con Graham y Elena?
-Sí, los tres tenemos experimentos que realizar.
-Vaya- Siguió comiendo en silencio. Era obvio que no quería hablar allí y el hecho de que una horda de astrónomos irrumpiese en la sala no iba a ayudar a que rompiese su silencio. Le gustase o no tenía que aceptarlo, George era el que había mandado el misterioso e-mail.

27 octubre 2010

CAPÍTUNO 1: HOY EMPIEZA TODO

HOY EMPIEZA TODO

Puede que sea el sabor. Puede que sea la sensación suave y melosa del humo quemando la garganta o ese regusto a pan de maíz poco cocido al exhalar. Puede que lo que le fallen sean los nervios y, divertida, se imagina sentada junto a la marquesina del autobús, abriendo una pequeña cajita de plata labrada con elegantes detalles en madreperla; sellada con una cinta roja de terciopelo que reza “nervios”. Cuando la abre su interior vomita un sinfin de bujías y conmutadores que corren a ensamblarse en ruedas de engranaje parcialmente desdentadas, produciendo pequeños fallos acumulables, los cuales, dado el tiempo necesario, llevarán la situación al desastre. La imagen permanece anclada en su mente durante lo que parecen horas y, de repente, los cuatro jinetes del Apocalipsis se hacen al camino y pisotean sus sueños, trayendo a través de las ondas sonoras a un amanecer al que no acompaña el alba.
Lo siguen rutinas llevadas a cabo en una tenue oscuridad. Su consciencia permanece anclada en su más que vivo subconsciente y son sus manos las que apartan los obstáculos que encuentran por el camino. Palía el ansia con un largo trago de café que apenas consigue hacer que olvide el éxtasis de nicotina, sabiéndose rechazada por una hipócrita sociedad. Lentamente estira la mano hasta la mesita auxiliar y, con el cariño de un amante arrepentido, desliza las yemas de los dedos por los puntiagudos cantos de la cajetilla. Es un movimiento fluído, delicado, incluso cuidadoso. Sólo necesita dos dedos para exponer el fruto del pecado, haciendo rodar una trampilla de cartón que se le antoja la más dulce puerta al infierno. Dos dedos para rebuscar entre un mundo de cilíndrico diseño al elegido, al añorado, al áspero y condescendiente siervo del dios del placer que muera entre sus labios. Dos dedos para llevarlo a su boca. Dos dedos para inflamar con lánguidas llamas su apremiante urgencia y aspirar... aspirar... aspirar hasta que el mundo vuelve a inundarse de sonidos y colores.

-¿Cuándo vas a dejarlo? - Pregunta él. Siempre hace las mismas preguntas por la mañana, ¿cuándo vas a dejarlo? es, sin duda, una de las que más repite.
-No lo sé -responde ella siempre- quizá cuando me invites a desayunar y no tenga que buscarme una excusa para encontrarme contigo.

Esta es la primera vez en la que tontean, la primera vez que sus ojos se miran fijamente buscando algo más que la mera presencia de una sombra que protege su tesoro del frío viento del invierno. Los dos se ríen, ignorando la carga sentimental de este desafortunado comentario destinado a perderse en el vacío de la mañana. Al volver a la oficina las miradas perdidas de sus compañeros se distraen en las delicias de las redes sociales y las portadas de los periódicos. Sobre su mesa un par de bolígrafos, un ordenador y un cuaderno de papel rayado le devuelven la mirada y, mientras todos parecen saber qué quieren hacer, ella se pregunta por qué está sentada en ese lugar, rodeada de esas personas, tratando de encontrar ese extraño sentimiento de pertenencia a un mundo, a un trabajo, a un lugar. No puede ser tan dificil si todos los demás son capaces de conseguirlo. En la mesa de enfrente reside Elena, una de las recién llegadas. Apenas se las arregla para cumplir los plazos pero tiene encandilados a los jefes. Desde su primer día no ha parado de recibir alabanzas y palabras de aliento que ella encaja con espectacular elegancia. Parece una persona reservada, eficiente, una de esas típicas mujeres que jamás ha roto un plato. Una perfecta madonna y futura matrona. Lleva el pelo corto, no demasiado, no sea que sea interpretado como un acto de rebeldía y tampoco demasiado largo, pues no es menester de una fémina rondando los treinta el presumir de melena. Ante la amenaza de la edad se ha puesto mechas rubias que contrastan con el color moreno de su piel de playa mediterránea. Embutida en trajes que parecen haber sido diseñados para Jackeline Kennedy se pasea los pasillos del edificio haciéndose la encontradiza, pidiendo mil perdones al tropezar con alguien que pueda sentirse ofendido o llevando a su tela de araña a los más inocentes.
De día se muestra serena, tranquila, incluso un tanto incauta. Como casi todos deja atrás un pasado de padres excesivamente protectores y sufre las consecuencias de una adolescencia sin freno y sin acné cuando el cuerpo ya es demasiado viejo para sobrellevarla. Cuando ella la mira, recuerda una canción de The Verve y se siente vieja y cansada, deprimida, consciente de su propio destino en una caja de madera. Hay gente que nos hace sentir vivos, este no es un ejemplo.
Elena recibe muchos e-mails. Es una de esas personas que se mantiene socialmente activa constantemente. A menudo recibe varias invitaciones de amistad y siempre tiene un plan al que recurrir si las citas planeadas para el fin de semana no pueden llevarse a cabo. Últimamente ha decidido confiar sus más oscuros secretos en ella, mientras comparten espacios plagados de humo buscando una vía de escape a la monotonía. La primera calada se saldó con el relato de su última noche de sexo, ella estaba borracha, él estuvo bien. No sabe si volverán a verse pero está interesada en comenzar una relación formal con su vícitima. Pese a que debería visitar a Nelly, de la que habla como si ella la conociese, cree que todavía está bastante bien pero que debería darse un repaso para poder disfrutar como es debido de toda la experiencia. La segunda calada se ha centrado en su relación con uno de los responsables de su proyecto, un hombre encantador que lleva varios años en la empresa negándose a llegar a un puesto más alto por temor a mayores responsabilidades. Tiene una sonrisa preciosa y, a veces, se une a ellas a la hora del café. Sus anécdotas saben a sirope de arce, huelen a madera húmeda y dejan el regusto de las buenas historias contadas a la luz de la lumbre. Hace dos días que vive en un hotel tras haberle propuesto a su mujer un divorcio en virtud de una nueva relación con Elena. La tercera calada se traga en silencio y con la cuarta llega el desacuerdo de vivir en un mundo que parece ser injusto con los necesitados. Eventualmente Elena vuelve al trabajo, a buscar sus mails y contestar breves mensajes de texto abandonados a su suerte en un mar de skypes y messengers. Ella prefiere quedarse sola en las escaleras, mirando al cielo gris invernal y arrebujándose en su abrigo de paño y su bufanda de punto.

-¿Cuándo vas a dejarlo?- Escucha entonces, y su cara se ilumina con una sonrisa al descubrirlo a su lado, sosteniendo un ajado y humeante vaso de plástico repleto de un café tan negro que podría tragarse toda la luz del día y un escuálido pitillo liado con demasiadas hebras para su propia integridad estructural.
-Creo que ya lo lo he dicho esta mañana.
Se ríen y miran hacia la carretera frente a ellos, escuchando el melancólico rugir de taxis, autobuses y atareados automóviles que serpentean río de asfalto abajo a media mañana.
-¿Cómo te llamas? - pregunta de nuevo. Tiene una sonrisa amable, poblada de pequeños dientes maltratados por años de falta de higiene bucal y demasiadas cervezas. Los labios finos y un pequeño bigote rubio de barba suave y cuidada ocultando una finísima tira de piel entre su nariz y su boca, al estilo de un extraño mosquetero.
-Alice.
Él se ríe, dejando que sus ojos del color del hielo dejen de enfocarla a ella para centrarse en la autocaravana de comida rápida que, como todos los días, acaba de aparcar frente al edificio, trayendo todo un surtido de hamburguesas, perritos calientes y bocadillos de bacon con lechuga y tomate, inundando el frescor de la mañana con el penetrante olor a grasas saturadas y queso fundido.
-Alice … -repite, todavía riéndose, bebiendo un trago de café, paladeando un trago de café como si fuese el elixir del total conocimiento. - Alice... what´s the matter? -canturrea ahora, haciendo que ella se deshaga en una cascada de carcajadas sin medida.
-¿En serio? - pregunta ella, ahora, sorprendida por la referencia musical - ¿Nada de Alicia en el País de las Maravillas? ¿Ninguna referencia a trajes azules y mandiles de blanco nuclear? ¿No vas a decirme que llegas tarde?
Él dice que no con la cabeza y sigue canturreando, sin mirarla directamente, sin perder la sonrisa. Ella asiente y escucha su particular version de Terrorvision y, por una vez desde hace muchísimo tiempo, cree que puede ser un buen día.
-Algo acerca de ti realmente me motiva, como una taza de café caliente en una taza caliente de café...